Comenzadas en 1738, por iniciativa de Carlos VII de Nápoles, futuro Carlos III de España, las excavaciones de Herculano y diez años después las de Pompeya revelaron al mundo un continente de dimensiones colosales. Por primera vez, la Antigüedad se mostraba en su integridad con sus casas, sus objetos cotidianos y, especialmente, su pintura, de la que apenas se conocían hasta entonces testimonios directos. Frente a la historiografía que ha visto en el neoclasicismo un arte nacido de la escultura, Manuel Gregorio González sostiene en estas páginas que su origen está en aquellos hallazgos, y en particular en los frescos que deslumbraron a Mengs y a David. De la mano de Winckelmann, sin embargo, y su «ecuación neoclásica», se produjo un desplazamiento desde lo artístico hacia lo moral y lo político, con implicaciones en las nacientes aspiraciones nacionales, la pintura revolucionaria de David o los debates sobre el expolio napoleónico. Usando de una prosa de erudición precisa, pródiga en finísimas apreciaciones, el autor convoca a los fantasmas del periodo, figuras e ideas de contornos desvanecidos: el ingeniero